KIT DE ESQUINA

Viernes, 02 Agosto 2019 11:38

Mis archivos familiares

Escrito por Yuruen Lerma

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Hace más de un mes, antes de que la huelga en la UAM estallara, la Dra. Julia Antivilo nos dio una clase en el marco del Doctorado de Estudios Feministas. El primer ejercicio que hicimos consistió en armar un mapeo en torno a nuestra experiencia con los archivos, reflexionando sobre los encuentros que hemos tenido con estos y destacando las experiencias que nos marcaron. En un principio, pensé que contestar dichas preguntas sería una tarea relativamente fácil, pero conforme fui pensándolas más y más, me topé con dificultades para enunciar esta compleja relación que, desde pequeña, he tenido con el archivo.

     Si bien en ese momento intenté contestar lo mejor posible –porque #ñoña–, seguí pensando en las múltiples respuestas que pude haber dado, lo que me llevó a darme cuenta de que debo seguir complejizándolas, especialmente porque, actualmente, mi proyecto doctoral gira alrededor de un archivo familiar de la Segunda Guerra Mundial. Así, mi relación con el archivo –o los archivos– no sólo es reciente y académica, sino que es un eje transversal de mi historia y, por ende, ES personal, ES familiar y ES político.

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Junta de trabajo     Foto: Brenda Hernández

     Mientras yo seguía con este debraye mental pensando en cómo lo incorporaría en mi capítulo metodológico de la tesis, un viernes cualquiera, cuando nos juntamos mis papás, Maribel, Tona y yo para trabajar en los múltiples proyectos de Pinto mi Raya (PMR), me sentaron y me dijeron –sin previo aviso y sabiendo que tengo pánico escénico– que se realizaría este evento y que tenía que hablar sobre mi relación con el archivo de PMR. A pesar de que intenté zafarme continuamente, es evidente que no logré mi cometido pues estoy aquí sentada frente a ustedes.

     Entonces, en un acto casi terapéutico, me di la tarea de recordar cómo este archivo –y su construcción– se había entretejido a lo largo de mi infancia, adolescencia y juventud. Algo que me llamó mucho la atención fue darme cuenta de que esas memorias eran multisensoriales, es decir, era visuales, auditivas, táctiles e, incluso, olfativas. En este sentido, comencé a darle forma a lo que Julia explicó en clase sobre la relación personal que se tiene con los archivos y que ésta se debe senti-pensar desde el afecto ya que la “autoafección está conectada con la propia sensibilidad o el hecho mismo de estar viva.”

     Recordé que cuando era niña, todas las mañanas desde las 5 am, escuchaba desde mi cuarto que daba a la calle el sonido del arribo de moto tras moto, tras moto, tras moto, tras moto, tras moto (y así como 15 veces) que iba seguido, en el mejor de los casos, por el desliz de los periódicos cuando aterrizaban en el garaje de la casa. En el peor de los casos, nos despertaba el estruendo causado por la mala puntería de algún repartidor que, al aventar el periódico, le atinaba a la puerta de metal. De ahí, me vino a la mente cómo, si amanecía lloviendo, teníamos que salir corriendo a recoger los periódicos para evitar que se mojaran y se echaran a perder. Si llegábamos tarde, sabía que la casa se impregnaría del olor a periódico mojado y tendríamos que ir al Sanborns o a los puestos de revistas para reemplazar aquellos que no habían sobrevivido. 

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  Mónica Mayer seleccionando la noticia                  Víctor Lerma formateando la noticia

     Luego tuve la imagen de mi mamá sentada en el comedor frente a los periódicos. Recuerdo escuchar cómo, con su dedal naranja, pasaba hoja tras hoja y marcaba, con su pluma roja, la relevancia y temática de los artículos escribiendo “ego” o “raya”. Después llevábamos los periódicos codificados a la oficina de mi papá quien recortaba los artículos y armaba la revista. Volví a tener la sensación de saber que estas acciones indicaban el inicio del día y que el desayuno ya estaba listo. Así, además de las pilas de periódicos que se acumulaban día tras día, también se juntaban las carcazas de las plumas rojas vacías, los dedales desgastados y manchados por el quehacer del archivo y los platos sucios de los deliciosos desayunos que nos preparaban.

     Recordé a mi mamá frente a su computadora escribiendo y escribiendo, entre otras cosas, sus cientos de artículos para El Universal que, eventualmente, acabarían en el archivo. Me reí acordándome de las veces que mi hermano y yo la dragueabamos mientras trabajaba y que, entre risa y risa, la peinábamos y maquillábamos. Nos la pasábamos muy bien.

     Cuando estábamos de vacaciones, Don Wenses, quien se quedaba a cuidar la casa, recolectaba todos los periódicos y los apilaba en una enorme torre a la entrada del comedor. Al regresar y verla, seguramente mis papás pensaban en la chamba que les esperaba, pero yo, como buena ñoña, sabía en que si en la escuela había recolecta de periódicos, en definitiva ganaría mi salón porque seguramente ninguna otra familia recibía tantos periódicos diariamente. Siempre ganábamos.

     De no haber concursos escolares, cada cierto tiempo los llevábamos a reciclar. Esto era un arduo y pesado trabajo porque implicaba cargar y descargar del coche lo que parecía una tonelada de periódico. No sé por qué pero recordé ver cómo las llantas se modificaban con el aumento o disminución del peso dentro del auto. Pero, francamente, lo que más sentí fue esa emoción de cuando veía cómo subía el peso en la balanza ya que eso significaba más dinero y que seguro me tocaría algo por mi gran esfuerzo.

     También recordé algunos episodios sangrientos cuando mi papá, quien recortaba los artículos, llegaba con tremendas cortadas en sus dedos. Él, al igual que los repartidores de periódico con mal tino, nos despertaba con un estruendo y un montonal de sangre. Otras veces sólo lo encontrábamos con curitas alrededor de sus dedos y su ya conocida cara de travieso.

      En ocasiones lo acompañaba a Mexpost para enviar las quincenas. Recuerdo que era un suplicio porque teníamos que esperar hoooooraaaaas para que quien nos atendía escribiera, a mano o a máquina, el remitente y destinatario en cada paquete. Sin embargo, como ya se imaginarán, mi papá ya era amigo de todas las personas que trabajaban ahí y siempre habían risas por el constante chascarrillo que se hacían mutuamente.

     Ya más grande, cuando yo regresaba de enfiestar a altas horas de la mañana –situación que, obviamente, sucedió muuuy pocas veces– la presencia o ausencia de los periódicos en la puerta me indicaba qué tan sobria tenía que aparentar al entrar. Recuerdo mis suspiros de alivio cuando veía los periódicos tirados en la casa porque significaba que mis papás no se habían despertado todavía y que podía irme a dormir. Los recogía con gusto e intentaba abrir la puerta lo más silenciosamente posible. Pero, cuando llegaba y ya no habían periódicos, tenía que prepararme mentalmente para hacer mi entrada triunfal ante mis papás quienes ya estaban haciendo su archivo y me recibían con una sonrisa cómplice diciéndome “te ganamos”.

     Luego comencé a ver cómo la pila de periódicos, año con año, iba reduciéndose. Esto era resultado, por una parte, de que los periódicos se fueron adaptando a las nuevas tecnologías. Por la otra, porque el proyecto de Raya fue siendo cada vez menos rentable –si es que alguna vez los fue– y el interés de las instituciones por adquirir el archivo fue disminuyendo. Recuerdo que las discusiones en casa sobre el fin de la revista se volvían cada vez más recurrentes pero, irónicamente, aumentaban las pláticas sobre la creación de nuevos proyectos para reactivar, intervenir o socializar el archivo. Éstas las tenían con múltiples personas que se volvieron clave para mantener este proyecto a flote y siempre acompañaron y apoyaron a mis papás, incluyendo a Antonio Mayer, Pilar Villela, Katnira Bello, Luis Orozco, Víctor Sulser, Jo Ana Morfin, Maribel Escobar, Tona Arreola, entre muchas otras.

     Para ir cerrando, estas anécdotas me hicieron recordar una plática que tuve con una amiga hace unos años quien me preguntó por qué no había estudiado algo de arte. Enseguida respondí que fue por un acto de rebeldía a mis padres ya que obviamente no quería seguir sus pasos –porque la neta, qué pasotes taaaan enormes. En este sentido, creo que esta respuesta, si bien fue atropellada, no fue tan ingenua. Hoy, a un día de cumplir mis 34 años, me doy cuenta de esta complicada y profunda relación afectiva –íntima, personal y familiar– que tengo con el archivo, con el arte y, evidentemente, con mis papás. Confieso que si bien en algún momento quise zafarme de las redes archivísticas y artísticas familiares –como de esta plática–, el archivo, el arte y la familia son las bases metodológicas y epistemológicas de mi investigación doctoral.

     Entonces, para concluir quiero terminar con 3 reflexiones: 1) no soy buena para zafarme de cosas; 2) la relación que tengo con el archivo es afectiva (Antivilo, 2019), espacial y temporal y está entrecruzada por lo cotidiano de mi pasado, presente y futuro. Entendí que el archivo no sólo es la suma de los documentos sino también ES su proceso de construcción en lo colectivo y en lo cotidiano. 3) Finalmente, los tentáculos del gen archivísitico siguen expresándose en la vida de mis papás ya que su forma de “ser” y “hacer” archivo no ha desvanecido. Aprovecho este espacio para acusarles de que si bien acordaron hace unos años en ya no hacer la revista, hoy por hoy, mi papá continúa revisando los periódicos a escondidas de mi mamá y ella sigue escribiendo y archivando su trabajo. Así que su “impulso de archivo” seguirá guiando nuestra trayectoria de vida familiar y profesional para continuar construyendo esa memoria y esa historia… hasta que, como ya lo tenemos acordado entre mis papás, mi hermano y yo, lo quememos toditito cuando se mueran.

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Mtra. Sonia Yuruen Lerma Mayer.

14 de marzo 2019.

Ponencia para “Charla Raya: un archivo de artista (1991-2016).

Laboratorio de Arte Alameda

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